La historia de Eduardo Schurmann, el deportista que con 64 años compitió a nivel nacional

Eduardo Schurmann junto a sus compañeros de Canarios Rugby

“En el rugby no hay estrellas”

Eduardo Schurmann jugó tres años en el Canarios Rugby Club de la ciudad de Canelones. Se integró al esquipo con 62 años, pero su edad nunca le impidió estar al mismo nivel que destacados jugadores del equipo.

Durante los partidos de rugby los jugadores avanzan, pero la pelota siempre se desliza hacia atrás. Esa dinámica hace que, aunque el atacante esté muy cerca de anotar, una buena defensa pueda anular la jugada y lograr que ambos equipos comiencen de nuevo. Demuestra, también, que nunca es tarde para volver a empezar.

Eduardo Schurmann se nutrió de la filosofía del rugby. Empezó a jugar cuando ya era un abuelo, luego de ser joven en una época donde el rugby no se veía como deporte del pueblo. Participó en las ligas capitalinas y vivió cosas que ni siquiera había soñado. Hoy tiene 67, se retiró y su camiseta de Canarios Rugby está en algún perchero. Pero recuerda emocionado los tres años de aprendizaje en el equipo. Schurmann habló con HOY CANELONES sobre su experiencia en el deporte de contacto.

¿Cuándo comenzó a jugar al rugby?

Empecé a los 62 años. Mis nietos y mi hija juegan al rugby. Me vinculé con el deporte yendo a las prácticas a verlos. En una oportunidad, Víctor Gómez me dijo que me arrimara a la cancha y lo hice. Me integré al equipo y conocí a una guisada preciosa. Jugué los campeonatos del interior y viví situaciones muy lindas. Luego el Club Canarios vino a jugar a Montevideo y eso fue lo más hermoso que viví con este deporte: el “abuelo” llegó a jugar contra Carrasco Polo y todos esos cuadros de primera.

¿Practicó otro deporte a lo largo de su vida?

Sí. Hice ciclismo, fui entrenador en la Policía e hice el curso de guardavidas. Siempre practiqué muchos deportes pero nunca pensé jugar competencias de nivel en el rugby, ni siquiera lo había soñado. El rugby no era popular cuando yo era joven, se consideraba una disciplina de los colegios privados. Por suerte se masificó porque es un deporte donde no hay estrellas. No se discrimina por ser gordo, flaco, alto o bajo. Por mi edad y mi peso yo jugaba como pilar, estaba para hacer fuerza. El que corre mucho necesita un pilar para poder empujar a la defensa contraria. Todos nos complementamos. Además, como la pelota va hacia atrás siempre se empieza de nuevo. Podés estar cerca de la meta pero la defensa puede ser más fuerte y sacarte del lugar.

¿Qué cree que le brindó al equipo además de lo deportivo?

Le demostré que no hay edad para empezar. Eran todos jóvenes. Veían que con mi edad hacía fuerza y eso los hacía pensar que no se debían quedar atrás. A su vez, yo rejuvenecía 20 años cuando jugaba con ellos. Era un cansancio hermoso. El dolor que sentía era por haber jugado no por quedarme sentado en un sillón.

¿Qué le dejó a usted jugar con el plantel de jóvenes?  

Compartí con un grupo muy solidario. Yo me arrimé cuando el club ya estaba formado y había ganado sus campeonatos. Aun así me recibieron como si fuera un gurí más. Nunca me vieron como una carga sino todo lo contrario, me daban para adelante siempre.

La familia también fue un factor de apoyo muy importante…

Sin duda. Mi señora, mis hijos y mis nietos siempre estuvieron. Mi madre, que hace poco cumplió 88 años, siempre me iba a ver a los partidos, como si yo estuviera en baby fútbol.

                                                                                                                                               F.G.   

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