De la boca para adentro

Coriún Aharonián

(Montevideo, 4 de agosto de 1940 – Montevideo, 8 de octubre de 2017)

Escribe: Juan Asuaga

El domingo pasado murió Coriún Aharonián a los 77 años de edad. Un hombre apasionado, dedicado a favorecer el contagio sonoro y en cuya obra vasta y fundamental permanecerá un testimonio de su eterna contemporaneidad a través de la cual pesó la existencia misma para transformarla y reconfigurarla.

Decir que éramos amigos sería atribuirme demasiado. Sin embargo compartí tanto y tan intenso -con Graciela y él- que es difícil oírme sin la visita de lejanas resonancias de aquellos años de estudio en su apartamento del Parque Posadas y de conversaciones tan hondas que Coriún estaba dispuesto a dar sin amedrentarse por la tiranía del reloj y con un afecto inmenso que -sin duda- ofrecía otras formas de aquel insistente provocador. Los que tuvimos el privilegio de pasar cerca de él abrimos los ojos a sopapos con una mano inmensa y pesada que era oportunamente fría y cálida a la vez. En la discrepancia -que nunca asumí con él de purrete porque la vida aún no me había revolcado lo suficiente- ponía su vida y su interminable documentación para discutir con quien sea cualquiera de sus convicciones.

Coriún fue co-fundador del Núcleo Música Nueva de Montevideo, del sello Ayuí/Tacuabé, de los Cursos Latinoamericanos de Música Contemporánea, del Centro Nacional de Documentación Musical Lauro Ayestarán y no sé cuántas cosas más, pero por sobre todo mantuvo una relación singular con su propio tiempo. Vivió con el coraje necesario para adherir a la época que le tocó vivir forzando cierta distancia que le permitiera mirarla fijo y reconocer sus sombras y tinieblas ante la certeza de que, en definitiva, ellas se refieren singularmente a nosotros y frecuentemente nos interpelan. Quebró las vértebras de su tiempo y en sus fracturas convocó a un nuevo encuentro entre el tiempo y sus generaciones para insistir en que la cultura es una totalidad que no se agota a nivel consciente sino que en ella habitamos un espacio que nos implora no ser indiferentes ante lo que allí sucede. Precisamente en ese sentido fue un creador y sus obras son episodios de él mismo con las que defendió el terruño sembrando oportunidades que permitieran poblar el mundo de signos y símbolos que desentrañaran la deshonestidad de la utilidad económica global para gestionar sentidos dentro de un horizonte simbólico local en donde pudiéramos instalar nuestra propia existencia y reconfigurar aquellas formas de ser y de estar que nos han sido asignadas.

Esa fue su estrategia para vivir. Nuestros hijos serán abuelos y el mundo aún estará revisando su inmensidad. Ahora estará cuidando de Graciela, que la quiso tanto. Chau querido Coriún.

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