Una semblanza de Los Olimareños: De las llanuras venezolanas a las cuchillas de Treinta y Tres

Conexión Venezuela

 En el año 1959, Rubén Lena realiza un viaje a la localidad de Rubio, cerca de la ciudad San Cristóbal (Estado Táchira, Venezuela), en calidad de maestro becado por el Centro Interamericano de Educación Rural. Allí entrará en contacto con el joropo, término utilizado en la jerga folclórica venezolana para designar ritmos como el ‘pasaje’, el ‘corrido’, ‘golpe’ y bailes como ‘el valsiao’, ‘zapateao’ y el ‘escobillao’.

 En esos diez meses de estadía, Lena quedará maravillado con el sentido de identidad que el joropo le daba a la cultura folclórica venezolana, algo bastante diferente de lo que sucedía con el folclore uruguayo de entonces. En el libro ‘Rubén Lena, Maestro de la Canción’, de Guillermo Pellegrino, editado en 2010, se cuenta que ‘Rubito’, luego de ese viaje, transmitiría esa admiración por el folclore venezolano a Los Olimareños, al tiempo que se sentirá llamado a crear letras que reflejen sensiblemente las vivencias cotidianas de hombres y mujeres de la campaña uruguaya.

 1962-1969

En 1962, Los Olimareños graban su primer LP, que lleva el nombre del dúo. En él incluirán una versión de ‘Soledad’, ‘un pasaje’ de tono romántico, cuya letra le pertenece al poeta Ernesto Luis Rodríguez y la música al también letrista y compositor Juan Vicente Torrealba, ambos venezolanos. La canción original aparece en el disco ‘Motivos Llaneros’ (1957), del grupo Los Torrealberos. De ese LP, Los Olimareños versionarán otras dos canciones: ‘Luna y lejanía’ y ‘Estrofas de amor’.

‘Los Olimareños en París’ (1964), incluirá ‘El beso que te di’, otra canción folclórica venezolana de tono romántico, compuesta originalmente por Jesús ‘Chucho’ Moreno Morean. La letra pertenece a Germán Fleitas Beroez, ‘el poeta de Camaguán’.

En ‘Quiero, a la sombra de un ala’ (1966), aparece invitado el músico venezolano Isidro Contreras, que en ese entonces se había radicado en Uruguay. Junto a Rubén Lena, escribirán la letra de ‘Simón Bolívar’, canción que integra el disco. También incluye la ya mencionada ‘Luna y lejanía’, un ‘pasaje’ romántico (aunque bastante milongueado), cuya letra pertenece a L. E. Rodríguez y la música, a J. V. Torrealba.

En el sexto disco, ‘Nuestra Razón’ (1969), el dúo retoma el ritmo de chacarera en el tema ‘Estrofas de amor’, de los mismos autores de ‘El beso que te di’. Esta canción cerrará el ciclo de versiones ‘románticas’ del folclore venezolano, dando paso a un repertorio más variado.

 1970 – 1978

La maduración se da producto de que, si bien no incorporan instrumentos básicos del joropo, como el arpa, alcanzan un sonido similar utilizando, por ejemplo, guitarras de seis cuerdas, cejilla para imitar el cuatro y maracas. ‘Cielo del 69’ (1970), incluye la versión musicalizada de ‘Píntame angelitos negros’, del poeta venezolano Andrés Eloy Blanco. En ‘¡Qué Pena!’ (1972), versionan ‘Sabaneando’, canción grabada en 1954 por Los Torrealberos, cuya letra y música le pertenecen a J.V Torrealba.

‘Del templao’ (1973), incluirá ‘El Gavilán’, canción cuya autoría le corresponde a Ángel Custodia Loyola, quien la grabó con Los Torrealberos a inicios de los años cincuenta.

‘Tonada del cabrestero’, perteneciente al disco ‘Rumbo’ (1973), es una adaptación de una tonada popular. La introducción quejumbrosa y melancólica que hace Braulio López no es casual, intenta transmitir la esencia del ‘cabrestero’, una especie de tropero a la venezolana, que siempre entona algún verso con la creencia de que este ‘embruja’ al ganado y lo aquieta en medio del arreo.

‘Cantando por el mundo’ (1974) es el disco que incluye ‘Junto al Jagüey’. Escrita originalmente por E. Luis Rodríguez, para el disco ‘Sinfonía del Palmar’ (1957) de Los Torrealberos, implica la vuelta de dúo a las letras románticas. Tiene la particularidad de que agregarán, por primera vez, maracas. Finalmente, ‘Quirpa’, que aparece en el disco ‘Donde arde el fuego nuestro’ (1978), cuenta la historia de un personaje mítico del folclore venezolano: un llanero de pura cepa, tan popular en el manejo del arpa como conquistando mujeres.

En la siguiente década, para ese entonces, los uruguayos ya habían adoptado como natural, letras y canciones del folclore venezolano.

Robert Umpiérrez

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