El recuerdo de Carlos Omar Delfrate

Escribe: Agapo Luis Palomeque

El 24 de abril pasado falleció, ya nonagenario, Carlos Omar Delfrate. Radicado en la ciudad de La Paz, estuvo vinculado sin embargo a la ciudad de Canelones desde muy joven, cuando era liceal.

Recordemos que el liceo que funcionó en nuestra capital departamental (la que aún era villa y se llamó legalmente Nuestra Señora de Guadalupe hasta 1916), era una institución oficial entonces dependiente, como los demás liceos departamentales (y hasta 1935), de la Universidad.

Más que curiosidad habrá de haber producido en la villa el ver entrar el lunes 24 de marzo de 1913 a la una y media de la tarde, a 11 niñas de vestido largo y 34 varones de traje, para escuchar (quizás por primera vez en su vida) palabas en francés, en la clase a cargo del profesor Jaime Víctora.

A ese Liceo Departamental, que funcionó hasta 1946 en el predio de la actual Sala Lumière, perteneciente en la época a la sucesión del escribano José María Rendo, llegó el joven Carlos Omar Delfrate en la década de 1930, y sus compañeros fueron, entre otros, Walter R. Santoro, Pedro Nandín, Miguel Ángel Espiga, José Bonizzi, Sándalo José Yavarone y Salvador Mauad, figuras que en su mayoría fueron luego personalidades de prestigio en nuestra sociedad, como políticos, docentes, empresarios, etc.

Muchos de ellos aparecen en la fotografía que, terminados los cursos liceales de 1939, fue tomada en la plaza pública de nuestra ciudad en los escalones de la ‘Joaquina’, estatua de la Libertad que aún tenía puntales de eucaliptos que oficiaban de andamios, por no estar terminada…

Un borroso recuerdo de mi niñez evoca la colecta que se hizo casa por casa para obtener donaciones destinadas a solventar el bronce de la inmensa estatua. Ese día no había dinero en el modesto hogar de mis padres, pero contribuyeron con una boquilla de calentador primus, usada, que era de bronce…

Volvamos a la foto. En ella se advierte que el joven liceal Delfrate (abajo, a la derecha, apoyado sobre un andamio) ya tenía su pierna ortopédica de madera.

El accidente que le hizo perder la pierna muestra uno de los rasgos de su excepcional personalidad: la porfiada voluntad de superarse a pesar de las tragedias que le opusiera su vida.

Carlos Omar era de condición humilde. Para solventar sus estudios, vendía diarios: subía raudamente a los ómnibus y, obtenida alguna magra venta entre los pasajeros, bajaba por la abertura trasera sin puerta que tenían sobre el lado derecho aquellos viejos coches, para volver a tomar otro.

En una de esas maniobras, fue atropellado por un vehículo que le deshizo una pierna, la que debió ser sustituida, en adelante, y para toda su vida, por un reemplazo de madera.

Ocasionalmente le oí mencionar el dolor que le producía alguna llaga generada por el roce a la altura de la rodilla, entre la madera y su carne. Pero llevó con dignidad ese padecimiento durante toda su extensa vida. Reía, relataba, disertaba, argumentaba, protestaba, se desplazaba, y hasta viajaba fuera del país, sin que se trasuntara en ello su drama interno.

Se recibió de abogado y ejerció con solvencia y seriedad esa profesión en la ciudad de Canelones, estableciendo su estudio jurídico en la calle Treinta y Tres Nº 470, donde, luego de jubilarse, funcionó un Juzgado Letrado Civil y hoy está radicada la Biblioteca del Instituto de Formación Docente ‘Comenio’.

Fue miembro del Directorio del Banco Hipotecario durante un período y desde el mismo, solucionó los problemas habitacionales de numerosas familias.

Se afilió desde muy joven al Partido Nacional Independiente y fue de los más destacados letrados del Movimiento Nacional de Rocha, que orientó en sus inicios Javier Barrios Amorín y continuara luego Carlos Julio Pereira.

Tuvo una porfiada inclinación hacia el rescate de los episodios olvidados de la historia regional, especialmente de su querida ciudad de La Paz y su entorno. En ese aspecto tuvo múltiples contactos con miembros del Instituto Histórico de Canelones.

Fue un intelectual que conocía actitudes, gestos y peripecias de los personajes de significación del pasado histórico, no solo de la vida política, sino de la literatura, el ensayo, la poesía, la música. Y ese acopio de conocimientos, los brindó dando charlas en varias oportunidades, aun sin ser docente, en diversos establecimientos educacionales, a los que además donó valiosos libros. Recuerdo que en los últimos meses de su vida estuvo planificando una serie de homenajes a Javier de Viana, con participación de escuelas y liceos.

Un día me llamó y me hizo el honor de ofrecerme en donación su biblioteca de formación histórico-política, constituida por infinidad de libros y una folletería que actualmente es muy difícil de ubicar, y menos en su conjunto.

Fue una expresión más de su proverbial generosidad y de su inclinación a promover toda acción que incremente y enriquezca la cultura.

Con esos rasgos se lo recordará.

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