Con el poeta José Luis Gadea, ‘Hoski’

‘No hay cosa más odiada por un uruguayo que la felicidad del prójimo’

Poeta y docente, músico y performer, bombardero de los lugares comunes y las convenciones dominantes de la poesía contemporánea, el Hoski (Toledo, 1988) viene desarrollando una obra intensa y oculta en el panorama poético uruguayo. Su revalorización y difusión del oscuro poeta Martín Uruguay Martínez, sus lecturas realizadas con una camiseta de Peñarol, en ocasiones, y como Dios lo tajo al mundo, en otras, se han convertido en marcas de estilo de este interesante y joven creador. HOY CANELONES entrevistó al Hoski para conocer más de su visión de este mundo ridículo y amorfo en el que todos chapoteamos, de su forma de crear arte y de otros temas.

¿Quién es el Hoski?

El Hoski es varios. Todos somos más de una cosa y todo eso que se dice de la identidad. Pero algunos lo hacemos más explícitamente digamos. No me interesa ir para un solo lado. He hecho de todo un poco y a veces en caminos opuestos. Mi mayor ambición es transmitir un mensaje complejo, no complicado. El Hoski es músico, escritor, docente y estudiante de filosofía; es amante, le gustan los animales, ha sido cruel y ha sido amable; ha hecho genialidades y se ha comportado como un imbécil. El Hoski es consciente de que ambiciona demasiado. Un pequeño héroe trágico como cualquier otro.

¿Cómo convive el poeta con el docente de Secundaria?

Para mis alumnos y demás gente de las instituciones medio en secreto. Algunas cosas de las que hago podrían molestar a padres o a compañeros de laburo. De hecho ya me pasó… Algunos gurises igual sacan que sos músico y que sos escritor, se dan cuenta. Podrás ocultarles que lo hacés como Hoski, podrás evitar que te vean en Youtube pero medio te sacan la movida. Yo no soy un docente súper innovador, soy más bien un profe tradicional: me gusta dar la clase, compartir un poco de lo que sé, estimularlos a ellos y tratar de canalizar sus inquietudes. Mucha gente piensa que doy clases en pelotas y que les enseño mis poemas; o al menos se les pasa por la cabeza… Igual no veo contradicción entre esta figura y la del poeta. Soy ambas cosas y se comunican; soy el tipo más o menos serio (¡más o menos!) que transmite conceptos y enseña sobre Quiroga y el Romancero, y soy el poeta que cree que cree se puede hacer belleza con el lenguaje ‘soez’.

¿Cuando entraste en contacto con la obra de Martín Uruguay Martínez?

Hace unos años conocí al Dr. Francisco ‘Paco’ Hertten, un académico alemán radicado hace años en Uruguay. Él me comentó que había descubierto a Martínez. No solo a Martínez; me habló de toda una generación perdida. Al final se trataba del grupo de Morón, una serie de intelectuales que revolucionaron la cultura a principios de los años 20’s. Casi todos eran argentinos, aunque también hubo extranjeros. De este lado del Río también les dieron pelota, sobre todo a Uruguay Martínez quien se vino a Montevideo. Después empecé la búsqueda de sus obras, de los discos de las bandas. Investigué a Martínez y a Lev Názgul, incluso he llegado a republicar alguno de sus trabajos. Fue un hallazgo realmente increíble: poesía profética, física del Aio. Estos tipos se propusieron cambiarlo todo. Si se supiera lo que lograron…

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Aunque la labor le corresponde la crítica, ¿cómo te ubicarías en el plano de la poesía uruguaya?

Buena pregunta. No sé muy bien si soy poeta, lo que seguro me coloca en un lugar común de los poetas… Hubo una época en que hice poesía en sentido tradicional. Ahora hago otras cosas y me divierto. Eso capaz sería lo primero: hago ‘humor’, aunque la palabra no me gusta ni por su etimología (ligada a la dualidad cuerpo/alma) ni por el uso pedorrísimo que se le ha hado cotidianamente. Cuando fulano ‘hace humor’, 90% seguro que hace alguna porquería vulgar y a la vez políticamente correcta. Maxi de la Cruz ponele. Pero, sin complicarme, me quedo con la palabrita y me ubico ahí: un poeta que busca producir ‘humor’.

Por otro lado me considero un poeta interesado en el escenario, en la llamada ‘puesta en voz’. Las cosas que hago están pensadas para su presentación, y las lecturas de poesía me interesan no solo como escritor, sino también como público y académicamente. Es una forma de volver a cierta forma primigenia de la lírica. En mi caso me permite cruzar barreras: drama, poema conversación, narración y otras tipologías textuales. Me siento muy libre. Hace tiempo descubrí que podía llegar a un poema haciendo lo que quisiera. Entonces se puede decir que estoy entre el grupo de poetas ‘performáticos’ (por usar otra palabra que no me convence).

¿Cuándo surge un poema? ¿Se lo busca, aparece de golpe o es obra de ese ente llamado ‘inspiración’?

Voy a hablar de cómo hago ahora poesía, de acá a dos años. Muchas veces parto de cosas de la oralidad, de chistes con amigos, o cuelgues colectivos en general. Luego en casa formalizo un poco, pero siempre tratando de no perder de vista la puesta en voz del texto, las voces que aparecen en él. Cuando empecé a escribir así dependía mucho de que me leyeran mis amigos, de hacer cosas en público. Después aprendí a reproducir el estado mental para poder hacerlo más solo y autónomo. Tengo imágenes, cosas que me obsesionan. Dejo que aparezcan las frases, dejo que me hagan reír o me generen cosas en general.  Luego abro la mente para que entren otras cosas, elementos disímiles, de campos totalmente extraños entre sí. Que entren, que se yuxtapongan. Hay algo de libre asociación y de racionalización al mismo tiempo; de búsqueda premeditada a veces o de inspiración súbita en otros casos.

A veces lo hago en el día, a veces demoro un poco más. Después que lo tengo corrijo, trabajo, selecciono. Como se ve, hay de todo un poco. Por último está la cuestión de seguir un programa, una ficción, un proyecto. El mundo que voy inventando se agranda y no siempre puedo ejecutar algunas de las ideas que propongo. Otras veces los poemas aparecen solos, caprichosamente, y les tengo que buscar un lugar.

En tus lecturas de poesía, además de una cuestión performática y por momentos escatológica, de connotaciones sexuales, solés desnudarte… ¿Es ese un signo de liberación o de transgresión?

Ambas cosas. Hay como un cierto libertinaje escénico, que es un poco pasarse de las reglas y otro poco es un goce en sí mismo más allá de lo que se puede. No es solo el desnudo. Es el bardo, la interacción con el público. Me encantan esos climas de toque de rock, de hinchada de Peñarol. Hay mucha energía que se transmite y el escenario la cataliza. Al principio desnudarme en un toque o en una lectura era pasarme de la raya nomás; luego pasó a ser parte de un rito. El escenario es el lugar donde me siento mejor, donde me siento más feliz. Puedo estar desnudo porque puedo ser yo mismo, porque puedo poner mi cuerpo al servicio de esas sensaciones. Después está la gente que me dice que es una performance pasada de moda, que no transgredo, que soy un bobo. Desnudarse sigue jodiendo de cualquier modo. Y desnudarse sigue estando increíble. ¿A mí que me importa que lo hayan hecho hace 50 años? Yo no quiero descubrir la pólvora. Con tirar unos bombazos aquí y ahora ya me alcanza.

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¿Cuánto influye la música en tu creación poética?

Influye porque muchos de mis referentes en lo que hago hoy son músicos. Casi todos: Leo Maslíah, Siniestro Total, El Cuarteto de Nos. Hay escritores también, pero hay cierta línea del humor intelectual y guarango en la música uruguaya que siempre me ha interesado.

También influye en la preocupación por la musicalidad. Los que me han pasado algún poema para que lo lea saben que soy un obsesivo. Un poema es ante todo sonido, así lo siento al menos. Un poema sin ritmo está muerto. Los ritmos son variados, y estoy muy lejos de ser un adorador de las formas clásicas. Pero creo que aún en la lectura en solitario la imagen acústica que nos hacemos de los textos es importantísima. Esta obsesión la tengo incluso para escribir narrativa, donde leo frase a frase tratando de que suene bien.

Por último influye en cierta manera de pensar los espectáculos poéticos, el público y la manera de moverse. Los rockeros tienen varias ventajas sobre los poetas. Me gusta ser una cosa y ser la otra, no ser nada. Supongo que la música debe influir en otras cosas, pero no da para seguir dándole vueltas.

¿Se lee poesía en Uruguay o solo los poetas se leen entre poetas?

Debe haber algún cristiano que lea poesía sí. Los poetas no son cristianos. En fin, esto de que la poesía no se lee es un fenómeno mundial que está relacionado con causas propias y ajenas a la poesía misma. De mí parte trato de llegar a un público más amplio. No digo que hago cosas para todo el mundo, pero al menos trato de extender el espectro. La gente consume cultura: cine, teatro, radio, juegos de computadora, música. Gente ‘normal’, gente por dentro y por fuera de los ámbitos literarios y académicos. Conozco mucha gente joven de esa que no iría nunca a una lectura de poesía; que jamás compraría un poemario. Yo quiero recuperar a algunos de esos. No soy el único. Hay una movida creciente de gente que encara. Yo probablemente no lo logre. Dentro de cinco años voy a ser otro joven viejo amargado esperando a que se muera el Bocha Benavidez a ver si uno de estos cincuentañeros (alguno de los cuales quiero y me gusta leer) accede a algo y nos deja posibilidad para cuando nosotros mismos cumplamos los 50. ¿La pregunta? No, en Uruguay no se lee poesía.

Hay un libro en camino, ¿puede ser?

El primer libro de Martín Uruguay Martínez, ‘Poemas de la Pija’. El prólogo es mío, las notas y demás detalles del Dr. Hertten. Ha sido difícil porque las editoriales (las dos o tres serias y en las que se puede confiar) no se han interesado en él. Veremos qué pasa. Mi idea es sacarlo y vender todas las copias y decirlo públicamente. No hay cosa más odiado por un uruguayo que la felicidad del prójimo.

Martín Bentancor

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