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Muerte y vida del sargento poeta

29NovelaImpenitentes lectores, por esa inconsciente asociación que hacemos, las primeras líneas de esta obra -con el primer plano de las chicharras- nos llevaron a un tiempo de lecturas azarosas  de adolescencia y juventud, y a la primera edición de Hombres de Morosoli. Allí, en el primer cuento “Andrada”, el genial minuano refiere la historia de un personaje singular que se pasaba horas tendido sobre el pasto, cara al cielo, oyendo el “concierto” de los insectos y, en una ocasión, ante la pregunta de un amigo -¿No será el cuerpo ‘e la virgen lo que te hace falta ver?-, contesta, segura y lacónicamente: -No, son las chicharra…

Mayor suerte le cupo, pues, al “escribiente” de Muerte y vida del sargento poeta que, si bien no explica si las vio, se muestra un profundo conocedor de las horas en que su canto se hace más terco y tenaz y nos “desasna” explicándonos que “sólo cantan los machos cuando están alzados”. Y todo esto, en un tono coloquial (salvando puentes con el lector) que se manifiesta desde las dos primeras palabras –auxiliar y participio (“has escuchado”)- verbo que, luego, extraño al tú, pasará al vos y las formas sincopadas “sos, seguís), propias del habla rioplatense.

Otra lejana reminiscencia –tal vez la motivación inicial- es la del guardiacivil poeta, un ser seráfico y noble, abatido tempranamente por el alcohol, encargado durante años del piquete policial de Rincón del Colorado, con jurisdicción en esa zona y Las Brujas. Y son, precisamente, los paisajes de esta última el telón de fondo de la novela.

Un libro atípico y novedoso, desde el título, donde “rompe” la simple y “normal” relación de términos y titula certeramente “Muerte y Vida… ”, hasta la hibridación de géneros –novela, glosa, poesía- que el autor maneja con propiedad y soltura. Quiebra, de este modo, el ritmo monocorde –con las altas y bajas propias de cada asunto- de la mayor parte de las obras narrativas sujetas al canon tradicional. Promueve, asimismo, un enriquecedor y tornátil ejercicio de interpretación por parte del lector.

La ficción se apoya fuertemente en la realidad –paisajes y lugares de la 3era. Sección, Los Cerrillos, del departamento de Canelones, el hábitat y las características de los funcionarios en una Comisaría de campaña.

La referencia al tiempo es también llamativa –precisa, dentro de su imprecisión-: “la última tarde del otoño pasado… a punto de entrar la noche del último día del año pasado…”

Luego, la irrupción de Machado en la comisaría, los personajes que se van “descubriendo”, el viaje a La Morera, y descripciones que alcanzan su punto más alto en El cadáver, La habitación  (a la que se refiere con frases y sintagmas numerosos: El dormitorio del sargento poeta. La cima de La Morera. El ojo engarzado. La habitación que coronaba a una casa abandonada que supo ser acogedora. El cuchitril de un viejo policía jubilado. El altillo saliente. El lugar menos indicado para que durmiera un anciano jubilado. La habitación del sargento poeta…y el hallazgo del bloc, a propósito del cual el autor desliza algunas reflexiones: Los que amamos los libros, los aprendices de poetas, los novelistas frustrados, los que nos estremecemos de emoción ante un volumen que deseamos, boicoteando las horas de vigilia y prolongando las de sueño para entregarnos a la construcción de sus formas (el deslizarse lento de las páginas, la rugosidad del lomo, el diseño de la tapa), los que nos descubrimos leyendo la conformación del champú en un saché cuando no contamos con nada más para leer en el baño; en fin, los que comulgamos con la lectura, los que veneramos a la letra impresa y, por su influjo, a veces nos valemos de la escritura para igualmente servirla, prolongarla, someterla, esos, nosotros, tenemos ante los materiales escritos una especial acepción de la propiedad, una jurisprudencia propia. Así que, cuando la última tarde del año pasado, encontrándome en la habitación más alta de la finca La Morera, decidí quedarme con aquel viejo bloc de tapa gris que necesaria, desesperadamente, clamaba por contarme algo, no consideré que estuviera cometiendo una falta moral o de respeto a su difunto titular…

Y otras “secuencias” donde destaca El nido de madera (las palomas que anidaron en un viejo galpón, con el paisaje como un personaje más y la invisible presencia de las chicharras –ahora con notas agoreras- que cantaban despidiendo el último estertor de la larga tarde del mormazo). Allí señala, con una preciosa comparación, extraña en el contexto: “Encima de mi cabeza, podía escuchar los movimientos de las aves (como un fru fru de abultadas telas) siguiendo mi trayectoria, comunicándose, en su lenguaje de arrullos agudos y cortantes, alguna directiva sobre la bípeda criatura que se había sumergido en sus dominios…” y el asombro al descubrir que “el último nido de aquel tosco palomar era una guitarra… la guitarra del sargento poeta… una Sentchordi clásica…”, van cerrando la magnífica primera parte de la novela.

La vida del sargento muerto, ocupa la segunda parte del libro, escrita en noventa y seis décimas, en las cuales parece campear el espíritu de un Del Campo o del admirado payador Juan Pedro López. El principio y el final recuerdan, naturalmente, a José Hernández: Le pido a la inspiración… (1er. verso de la primera décima), Y con esto me despido (1er. verso de la última). Puestas en boca del escribiente –con el título general de Un panegírico- él mismo las define como una semblanza en su memoria. Así, desfilarán en la sucesión fluida y campera del metro por excelencia de los criollos, su llegada al pago, sus inicios en la escritura (a través de una de las mejores décimas, que transcribimos: Empezó a escribir sus versos/ en el papel de pitar/ sin que el acto de rimar/ le significara esfuerzo./ Cuando llenaba el anverso/ seguía por el revés/ y ocurrió más de una vez/ (aunque esto parezca mofa)/que se fumó alguna estrofa/ rescribiéndola después.), el por qué de su canto (De seguro una mujer/ -escribió en su bloc Gambetta-/ volvió al sargento, poeta/ al retirarle el querer), su destreza, sus hazañas y la célebre payada con un paisano tambero, en éste último, tal vez, el recuerdo-homenaje que el autor hace a su padre, buen decidor y cantor criollo.

En la tercera parte Glosario de la Tercera Sección, Bentancor recrea –historia y ficción mediantes- lugares y personajes: El cabo Ángel Gambetta, Las Brujas, el Portezuelo, los Campos del Inglés, el Comisario Lestido, Juan Pedro López, la Viuda del Rincón, La Estancia Los Horneros, el Boliche de Peisino y el Río Santa Lucía, cerrando –de este modo peculiar- y como dijimos al principio,  un libro atípico y novedoso, pero que pone al autor en el camino de las grandes plumas de la narrativa nacional.

EL AUTOR

Martín Bentancor (1979), nació en Canelones y reside en la zona rural de Los Cerrillos. Ha publicado obras policiales en colaboración con Rodolfo Santullo: Las otras caras del verano (Amuleto, 2008) y Aquel viejo tango (Estuario, 2011). En Sudestada editó Procesión, (2009) y La Redacción (2010). Otras obras: El despenador (La Propia Cartonera, 2010) y Cardal (con dibujos del argentino Dante Ginevra, Estuario, Beleforonte, 2012).

Muerte y Vida del Sargento Poeta (Banda Oriental, 2013) es Gran Premio del 20º. Concurso Nacional de Narrativa, Narradores de la Banda Oriental, 2012), convocado por la Fundación “Lolita Rubial” y la Intendencia Municipal de Lavalleja.

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