Un pensamiento gatuno (07/01)

Cuando una mañana estaba en mi cama, en realidad no es mía sino de mis amorosos dueños que me permiten usarla, vino mi dueña que siempre me hablaba y hablaba, me acariciaba y acariciaba y con un sonoro beso en mi cabecita me dijo:
- Con papi nos vamos al centro y te traeremos una sorpresa.
- ¡Qué bueno! –pensé- será comida, soy muy glotón, aunque nunca me falta alimento, carne, pollo, leche, postre, helados, etc. Será un juguete, pero tengo miles y mucha importancia no les doy. Y pensando, pensando me entregué al sueño.
No sé cuánto tiempo pasó, pero allí escuché la llave en la puerta, ansioso me desperecé y salté hacia el comedor.
- ¿Qué será? – cada vez estaba más intrigado - ¿Qué será? – me preguntaba sin cesar al ver una cajita en manos de mamá.
Papá me llamó, no sé lo que dijo. Puso su mano en la caja y sacó
................¡NO!
¡No lo puedo creer!
No se imaginan ustedes. ¡Dios! Era una perrita muy chiquita ¡qué asco! ¡Qué olor!
Me la acercaron, el asqueroso olor se hacía más fuerte.
- Te trajimos una amiguita, mirá...
No lo soporté más, por Dios. ¿En quién estaban pensando para traer semejante... cosa? Y se me revolvió el estómago y devolví.
Mamá se asustó, me alzó amorosamente. Me acarició como siempre y se puso a llorar. Creo que hasta discutían con papá.
Mamá seguía llorando, me hacía acordar a algunos años atrás cuando después que desaparecieron los abuelos y quedamos solos (antes de mudarnos con papá). Vivía llorando mucho.
No entendía nada, pero ante el evidente sufrimiento de la persona que yo más amaba, me prometí solemnemente hacer lo posible por aceptar esa... cosa.
Pero mejor la quiero lejos, por lo menos dos metros lejos de mí, por supuesto la cama era mía sin discusión.
Pasaron los días, iba comprendiendo que no me sacaba nada, ni material, ni el amor de mis dueños. Era hora de aceptarla.
Pero yo era grande y maduro. Yo era el señor gato.
Lo mismo permití que jugara conmigo pero si se ponía pesada le mostraba mis garras (pero era tan chiquita que jamás le haría daño) era linda pero tonta.
Le enseñé cómo abrir la puerta para ir al patio, luego le enseñé cómo se piden las cosas.
Tardó pero aprendió.
A veces me dejaba correr, total con un salto de la silla a la mesa ya la perdía de vista, era mi territorio.
En fin, tuve que convencerme, tenían razón, era una buena compañía, pero era raro.
¿Un gato y una perra?
Sí, funciona.

Marga Daher, docente y escritora
De su libro “Un poco de todo”

Regresar al Indice Regresar al Indice
[ Regresar a Compartiendo | Regresar al Indice | Página de Impresión Amigable]